lunes, 29 de mayo de 2017

TRES DÉCADAS.

Los primeros 10 años.

Nací en 1988, en una época que partió nuestro país en dos por ser quizás la más violenta y apremiante, llena de inestabilidad política con un Estado que bailaba entre la mafia, la corrupción y el miedo de que todo se fuera a la mierda. Uno no recuerda mucho de sus primeros tres años, es más, creo que no recuerda nada. Pero forman la esencia del ser humano entre la genética arraigada, lo que tu madre consumió y las formas para enseñarte a hablar y caminar, primeras habilidades de libertad en un país donde no se sabía si la vida era vida o era una trampa fugaz del destino.

A partir de los cuatro años el recuerdo está más caliente, un poco difuso pero es más cercano, y las lagunas mentales aparecen cada tanto para repasar momentos felices, porque cuento con la fortuna de estar lleno de ellos en estos primeros diez años. La gente es antes gente cuando esta llena de maltratos y atropellos en la génesis de la vida. Las fotos de los álbumes también ayudan, aún recuerdo mi pantalón café de tela firme, con la camisa café oscura y mis zapaticos negros: toda una obra de Dios, en ese momento era sólo así, porque luego el diablo corrompe las miradas inocentes que te deforman un poco físicamente, pero que también te hacen feliz. En esa foto cargo a Andrea Carolina, quien después estaría conmigo en muchos peldaños, con su tiqui tiqui desesperante pero con una compañía inmensa.

Mi mamá fue una luchadora incansable de aquellos años, nací cuando ella llegó a la edad madura de los 30 años, esa que estoy a punto de pisar con un poco de incertidumbre pero con mucha satisfacción. Mi papá fue efímero como siempre, pero debo decir que en esta época lo sentí más mio. Íbamos al circo, o me llevaba a jugar maquinitas con mi hermano. Nunca fui diestro en las máquinas, pero sí soy diestro desde esta época en reconocer lo bueno de los seres humanos, en decepcionarme de lo malo y en simplemente alejarme para no llenarme de enemigos ni de odios vagos.































miércoles, 29 de marzo de 2017

UN SÍ MÁS REAL.

Si hoy hubiese otro plebiscito que nos preguntara por la posibilidad de llegar a un acuerdo con un grupo armado, volvería a votar sí. Pero esta vez sería menos altivo, escucharía más y lo haría con una mejor y más consentida concepción de nuestra realidad.
Después de ese día de Octubre, he tenido la oportunidad de recorrer el país, por motivos del trabajo que he buscado, ese que espero que transforme de verdad y que comprenda el país en que nací y por el cual me mantengo de pie. No me convence el político que no habla alrededor de un café con la gente, esa que ha vivido la guerra, que ha puesto los muertos, o que simplemente labra la tierra en busca de mantener a sus familias. Una tarea ardua entre tanta vía mala, tanta falta de formación y de oportunidades certeras que en ocasiones medio les da la coca. Sé que quienes han estado en el poder hasta ahora, o al menos en una gran mayoría, no son esos que dinamizarán los verdaderos cambios, seguro que no lo son.
Estuve en el Putumayo, andando por trochas, yendo a ver la ZVT de la Carmelita y hablando con la gente de Puerto Asís, del Valle del Guamues y de San Miguel, este último municipio hermano del Ecuador, un país con una vía iluminada con fotoceldas y con una guardia decente, al lado de la entrada a nuestra Colombia.
El bloque sur de las Farc está concetrado en este departamento, en un proceso de paz que a muchos nos llena de esperanza, pero que hay que mirar con lupa. Me preguntaba mientras escribía si en mi Catatumbo natal estará pasando lo mismo, y mi conclusión es que el conflicto aunque heterogeneo y lleno de problemas que se complementan, tiene una raíz fundamental: la falta de oportunidades. Que genera uno muy conocido: la producción y comercialización de los cultivos ilícitos. Esto suena un poco mamerto y desgastante, trillado, pero es así y hay que repetirlo cuantas veces sea necesario.
Hablando con las víctimas resilientes de nuestro conflicto y con amigos que conocí, hay un alto grado de escepticismo. Rumores van y vienen de la disputa con neoparamilitares por el control del narcotráfico, de los impuestos, y en sí, del negocio mismo. Porque siguen tropas satélites que no quieren disparar, pero que no quieren dejar la teta que los alimenta ampliamente. Incluso se habla que algunos muchachos del proceso se están cedulando para quedar limpios, e ir a otra zonas a delinquir. Una tensa calma, una bomba de tiempo que las comunidades no quieren que explote y que vuelvan a quedar en el medio como siempre, porque son ellos los que tienen que andar quedando bien con los unos y los otros, y vivir en la zozobra para sobrevivir.
A todo esto hay que agregarle la incapacidad de un gobierno para cumplir. De Puerto Asís, donde hay vuelos diarios, a la ZVT no hay más de 2 horas por tierra. Se puede llegar. Y los guerrilleros viven en cambuches. Estaban mejor en el monte, me dijo una persona hablando de esto. Si es así con esto, ¿Cómo será con la poesía del acuerdo de paz?. Con ese libro bonito que nos invitó a soñar. Nos dio esperanza en vías, en tierras, en oportunidades, en justicia y en reparación. La verdad no sé qué vaya a suceder con todo lo demás después de los 180 días.
Acá no le estoy dando la razón a algún colectivo, porque nuestro problema es complejo y tampoco la bala y la fumigación exagerada ha tenido la razón. Ni la plata asistencialista ni muchos modelos para garantizar calidad de vida. Volvería a votar sí, porque creo que con un muchacho que sí quiera prepararse, que caiga en las manos de una beca o de las oportunidades del SENA, o cualquier otra entidad, todo eso es ganancia. La percepción de la vida segura y el sentimiento de que vivir con terror no va a volver a suceder, romper estas estructuras que se esconden en lo político con oscuras mañas, todo eso es válido.
Volvería a votar sí, pero un sí más real. Uno que conozca de verdad el país y no desde un escritorio en la ciudad. Un sí conocedor de que nuestros problemas son más profundos.

domingo, 12 de marzo de 2017

Las cajitas de colores de San Victorino.

A pesar del debate por el uso del suelo que se le debe dar a esta antigua zona del "Cartucho" en Bogotá, esta sin duda es una iniciativa para llenar de color la capital y el país. El color y la innovación urbana hacen sentir sin duda una condición diferente a los espacios urbanos más deprimidos.

Se han pensado una renovación urbana en que los puestos de trabajo estén cerca de la vivienda popular, pero más allá de eso lo que se debe rescatar es la capacidad de embellecer espacios. En Colombia la tasa de informalidad para veintitrés ciudades del país es cerca del 50% (según el DANE), y eso se refleja en el número de vendedores ambulantes que observamos a diario, y aquellos que no deambulan tanto y, más bien, ocupan un lugar fijo en el espacio público.


Las cajitas de San Victorino se pueden optimizar y pensarse aún mucho mejor para hacer nuestras ciudades más bonitas, pero sobre todo más inclusivas. Lo malo del grafiti no es el grafiti, es la falta de planeación sobre el arte dentro de la ciudad. En nuestro país pasan cosas buenas en renovación urbana, prueba de esto es este proyecto temporal que ya es una realidad.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Una biblioteca muy particular.

Y es que se puede pensar en el Cauca como una tierra dulce de condiciones para el conflicto armado colombiano, pero siempre hay más. Más de una tierra cargada de historia en la que la raza y las culturas precolombinas son protagonistas, pero también los accidentes geográficos de los que nace un macizo que emana la vida: el agua. 

Ubicada en el municipio del Patía, al sur del Cauca, en el casco urbano conocido como el Bordo a 81 Km aproximadamente de su capital Popayán, se encuentra la biblioteca pública municipal "Plutarco Elías Ramirez". Este lugar se alimenta de material dispuesto por el Ministerio de Cultura y el apoyo de la alcaldía municipal. Basta con entrar para respirar el grado de innovación que hace que los niños se alboroten por permanecer ahí: jugar, hacer tareas y aprender en un ambiente ideal, cargado de orden, buenos materiales, equipos y el amor y paciencia de la bibliotecaria: "Me toca devolver niños por cantidades cuando el espacio está ocupado" manifiesta. Su estrategia ha propuesto que en ese lugar se puede hablar, compartir y hasta jugar aprendiendo.


Esta experiencia conduce a la reflexión. Se puede incrementar la cultura de la lectura en Colombia, sólo que estamos inmersos en prácticas tradicionales que no llaman la atención de los niños y jóvenes. La cuestión va más allá de los recursos - sin dejar de ser importantes - y pasa por el convencimiento de seres humanos que conciben la lectura como un elemento esencial de desarrollo. Pasa también por esas mentes de cambio que se la juegan por capturar el placer de leer. Y es una tesis lógica el afirmar que quienes estén ahí, en esa biblioteca, quienes quieran permanecer ahí se alejarán muy seguramente de los tentáculos de la minería ilegal, el narcotráfico y todos los negocios que trae consigo la guerra.

viernes, 10 de febrero de 2017

¡A descifrar la innovación social!

Si la innovación es un conocimiento aplicado que satisface una necesidad, en la innovación social esa necesidad está arraigada en la sociedad. Pero si la sociedad somos todos ¿La innovación por si sola es igual a innovación social?


Definir el significado de “social” no es sencillo. Sin embargo, las experiencias de innovación social en que hemos participado apoyan la comprensión del concepto. La necesidad que se afecta con la innovación social debe llevarnos a la escala de necesidades propuesta por Maslow y permitirnos aplicar el conocimiento sólo al cubrimiento de necesidades en los dos primeros niveles de la escala. Aquello que le genere valor a una comunidad en lo básico como la alimentación, la salud o en la seguridad como la vivienda y el empleo, eso es innovación social. Las comunidades en las que se desarrollen proyectos de este tipo tendrán características similares, como condiciones económicas o un entorno particular.



Siendo así, entre más se avance en los niveles de necesidades, la innovación social parece ir perdiendo su adjetivo. Los conceptos van y vienen y la reflexión los hace evolucionar. ¿Será que satisfacer una necesidad de autoestima de un grupo de personas no es innovación social? Si se quiere responder esto, tendríamos que ir más allá y reflexionar sobre la vida.

sábado, 1 de octubre de 2016

El fin es el comienzo del encuentro.

Era el año 2002, y veíamos entonces los tanques de guerra entrar al Caguán. Era el comienzo del recrudecimiento de la violencia en Colombia y el nacimiento de dos periodos presidenciales de fuertes enfrentamientos y de un desbordado gasto militar, que sin duda redujo los grupos insurgentes, pero que, también sin duda, nos privó la posibilidad de soñar con una mejor educación, con salud de calidad, con inversión en innovación, infraestructura, y en resumen, con vivir en un país con más oportunidades para todos.

En adelante no quiero mencionar con nombre propio a nadie, porque todos sabemos sus nombres, quiero evocar mejor los atributos de las personas y contar una historia a través de la misma historia, la geografía de nuestro país y las emociones que nos ha producido ser especiales, entre lo positivo lleno de colores y lo negativo lleno de laberintos sombríos. La verdad es que vivimos incontables masacres y atentados, de unos y de otros: Bojayá, Mapiripán, el Salado, el Nogal; son sólo unos cuantos casos de injusticias cometidas contra todos, tanto con los de abajo como con los de arriba, en esa escala económica llena de precipicios que nos ha sumido en esta cruenta guerra. Las comunidades rurales y aquellas urbanas que están lejos de los grandes centros poblados no quieren más de esto. Escuchar las historias de grandes amigos que trabajan en la puerta del Catatumbo y en sus entrañas mismas, haber tenido la oportunidad de conversar con poblaciones del Cauca y del Nariño, que trabajan dentro de lo más profundo del conflicto armado, ver de cerca muchas otras del eje cafetero, del Caribe colombiano y de Santander, que quizás se han salvado de las balas constantes pero no del olvido en que las hemos sumergido. Todo esto, me lleva a concluir que la gente no necesita del asistencialismo brutal que las ha llevado a estancarse, sino de las oportunidades para producir y de la cobertura de sus necesidades básicas, esas de la base piramidal que el gran Maslow documentó y que son el primer paso para pensar en otras cosas que conduzcan a la autorrealización de los seres humanos. Esta gente pide tranquilidad, pide estar en la primera plana del presupuesto nacional y requiere que los proyectos traigan oportunidades para evitar ver a sus hijos en grupos que les prometen la calidad de vida que nosotros no fuimos capaces de brindar. Sí, hay otra Colombia que no conocemos, de la que no quiero generarles compasión con este texto porque allá también ocurren cosas maravillosas, y existen personas e instituciones dándose la vida por ellos, pero sí la que necesita tener la oportunidad de parir en su territorio y no tener que hacerlo en un semáforo del Distrito Capital.

El mensaje que estamos esperando el día de mañana, es el mensaje que hemos estado esperando desde hace mucho tiempo. A quienes van en contravía quiero manifestarles mi aprecio, porque esto es para todos y he entendido muchos de sus reparos (que por cierto también son los míos), pero ante todo quiero decirles que la violencia debe cesar para que podamos concentrarnos en conflictos más amables, y para evitar que los colombianos sigamos en la soledad que plasmó en letras nuestro Nobel, y que pasemos la página a la compañía que nos merecemos. Quienes se quieran quedar en la guerra deben prever sus consecuencias, lo menciono más por las disidencias, por las bandas criminales asociadas al narcotráfico y a la ilegalidad, y por todos los que no conservan un acervo político en su lucha sino su capacidad de hacer daño por beneficios personales. A esos, debemos enviarles un mensaje contundente, el mismo que se le envió a los narcotraficantes de los años ochenta y noventa y que produjo gran significancia para nuestros días. Esto es un recado para todos, para decirles que estamos dispuestos a integrarlos y brindar oportunidades en beneficio de la paz y tranquilidad, pero que también estamos dispuestos a no permitir que esta se coarte. El optimismo nos puede desbordar y tenemos el derecho a pensar una Colombia diferente, pero también nos debe sentar la cabeza en que este proceso es complejo, no es perfecto, pero es el comienzo de una carrera que seguro culminaremos para dejar a nuestros hijos y nietos un mejor país.

En la punta más hacia el norte de nuestra Puerta de Oro, aparece Bocas de Ceniza recibiendo al río Magadalena por un lado, y viendo como se entrelaza con confianza en el mar caribe. Dos caminos, en el que uno trae consigo muertos que matamos y los más crueles impactos ambientales, vientos de violencia del pacífico y un sinnúmero de historias tristes; pero de la misma manera, este camino le entrega al mar cumbias, bullerengues, caña del valle y café, alegría y vida, Colombia en sí misma. El agua salada lo recibe sin reparo, sin juicios, así nosotros recibiremos mañana la más bonita de las disputas, sellaremos la paz en la democracía y enviaremos un mensaje al mundo diciéndole que hemos comenzado a centrarnos en lo importante, porque el fin es el comienzo del encuentro.


lunes, 6 de junio de 2016

ANDRÉS ESCOBAR: ESPEJO DE UNA HISTORIA RECIENTE

A 22 años del asesinato de Andrés Escobar:

Recuerdo cuando, aún niño pero ya muy fanático del fútbol, mi mamá que escuchaba la radio me dijo: "hijo, mataron a Andrés Escobar", era una época de ilusiones por el fútbol, de un país que tenía en el deporte la mejor manera de aliviar las penas que nos dejaba el terrorismo en cada esquina, era la mejor manera de ser felices y de sentir que no éramos sólo eso. Sin embargo, nuestra generación dorada había fracasado, por muchas cosas que hoy sabemos de la boca de ellos mismos, por confiarnos, por la presión y hasta por los excesos. Era un grupo que había tenido que torear muchas tentaciones, donde algunos cayeron, pero donde otros se levantaron como caballeros, era un grupo de excelentes deportistas. Eso era Andrés, un excelente deportista y una gran persona según sus compañeros, y sin equivocarme, lo afirmaría porque he repasado su manera de ser a través de las notas periodísticas y testimonios. Se cumplirán 22 años se este fatídico episodio, y volveremos a estar frente a Estados Unidos en una competencia oficial, en su país como en 1994 inaugurando una Copa América, el torneo más antiguo de selecciones. A pesar de que todo no es perfecto, tendremos una nueva generación en la cancha, muchachos que crecieron en medio de estas mismas historias y que hoy se levantan como deportistas disciplinados, con vidas diferentes y en un contexto de un país que camina hacia otros rumbos. Ver a James, Ospina, Bacca, Murillo, Cuadrado, a otros más, incluso a muchos de los olímpicos que el profe Pékerman convocó y que aún no habían nacido cuando Andrés murió, es la confirmación de una nueva generación dorada, que puede hacerlo bien o mal, pero que estoy seguro podrá recibir otras cosas del país que representan. Se va a hacer un homenaje, espero sea un homenaje de verdad, sencillo pero emotivo, porque esta historia que es muy nuestra, también le pertenece al país del norte.